martes, 17 de noviembre de 2009

Cicerón - Defensas (Pro Roscio - Pro Milone - Pro Caelio) e In Catilinam



Pro Roscio

"Tengo la sensación, jueces, de que os estáis preguntando con asombro qué motivo hay para que, permaneciendo en sus asientos tantos oradores consagrados e ilustres varones, me haya levantado entre todos yo, que ni por mi edad, cualidades ni prestigio puedo ser comparado con los que siguen sentados. Es más, todos estos que se hallan presentes consideran un deber que se reivindique en este proceso la injusticia forjada mediante un delito sin precedentes, pero no se deciden a llevar personalmente la defensa en atención a la arbitrariedad de estos tiempos; y así sucede que asisten para cumplir su obligación, callan, en cambio, para evitar riesgos. ¿Qué ocurre, pues? ¿Es que soy yo el más audaz de todos? En absoluto. ¿Tal vez algo más servicial que el resto? Tampoco ambiciono esa alabanza hasta el extremo de pretender que se les arrebate a los demás. ¿Qué motivo, pues, me ha impelido más que a los otros a aceptar la defensa de Sexto Roscio? ...


Sexto Roscio ha matado a su padre ¿Qué clase de hombre es Sexto? ¿Un jovenzuelo corrompido y manejado por hombres depravados?... ¡Pero si ni siquiera al acusador le habéis oído decir semejantes palabras!... Finalmente, ¿qué ambiciones puede tener un hombre que, como el propio acusador dice en tono de reproche, ha habitado siempre en el campo y en su cultivo han transcurrido sus días?... Así que volvamos de nuevo al mismo punto y averigüemos qué vicios tan grandes tuvo este hijo único para que su padre estuviera disgustado con él. Pero, si está clarísimo que no tuvo ninguno. Entones ¿es que el padre era un loco para odiar sin motivo a quien había dado el ser? Por el contrario, el padre fue el hombre más consecuente que conozco. Por tanto, está bien claro que, si el padre no estaba loco ni el hijo era un perdido, no existieron motivos de odio por parte del padre, ni de cometer un crimen por la del hijo. ¿O es que no comprendéis, jueces, que lo único de que se trata es de suprimir, por cualquier procedimiento, a los hijos de los proscritos, que lo que se pretende es que vuestro juramento de jueces y la sentencia contra Sexto Roscio constituyan el punto de arranque de esa injusticia? ¿Existe alguna duda sobre quién es el autor del delito, cuando veis, de una parte, al comprador de los bienes, al enemigo, al asesino - convertido ahora en acusador de este proceso- y de la otra, a un hijo reducido a la miseria, apreciado por los suyos y que no sólo está exento de culpa sino, incluso, de cualquier indicio sospechoso? ¿Es que veis aquí algún otro obstáculo para la causa de Sexto Roscio si no es la venta ya realizada de los bienes de su padre?

Corría el año 80 a. C. Sexto Roscio Amerino, hijo, había sido acusado de haber matado a su padre Sexto Roscio Amerino. El asunto no era claro y un personaje estaba en el medio:  el liberto Crisógono, protegido de Sila (dictador en aquel momento) que había aterrorizado a todos los romanos que se oponían a él con las famosas proscripciones. No había ningún orador de los consagrados que se atreviera a defender la causa de S. Roscio, porque se enfrentaban directamente con Crisógono, y, por tanto con Sila. Por eso le ofrecieron la defensa a Cicerón, un novato de apenas 26 años, que tenía mucho que ganar y poco que perder. Los hechos se precipitaron en los últimos meses del año 81. Sexto Roscio era un ciudadano importante de Ameria, que tenía desavenencias con su hijo. El padre vivía en Roma, mientras que el hijo llevaba la hacienda que su padre tenía en Ameria, a unos 82 Km. de Roma, en la Umbría. Una noche del otoño de ese mismo año, al volver a su casa de una fiesta en una finca cercana, S. Roscio, padre, fue asesinado. Todo el mundo conocía las desavenencias entre padre e hijo, pero también los enfrentamientos entre otros miembros de la misma familia de los Roscios, T. Roscio Magno y T. Roscio Capitón. Éstos fueron los primeros en enterarse de la muerte de su pariente. Se pusieron en contacto con el liberto de Sila, Crisógono, y le hicieron saber a cuánto ascendían las pertenencias de S. Roscio, que se elevaban a seis millones de sestercios. Las listas de los proscritos estaban cerradas, pero aun así, apareció en dichas listas el nombre de S. Roscio de Ameria. A continuación, todas sus posesiones salieron a subasta, y se las adjudicaron al liberto de Sila, Crisógono, pero a un precio escandalosamente menor: sólo dos mil sestercios. Claro está que Crisógono se estaba convirtiendo en uno de los ciudadanos más ricos de Roma, a costa de los favores que, como éste, le hacía Sila. Sin embargo, él también hacía favores, y los dos parientes de S. Roscio, Magno y Capitón fueron recompensados con una parte sustanciosa de las propiedades de S. Roscio. Quedaba el hijo, quien, caso de que las leyes cambiaran, podría reclamar su parte de posesiones y herencia de su padre. Lo mejor que podían hacer era, además de despojarle de todo, acusarle de haber matado a su padre. De esa forma se quitarían de en medio a un personaje incómodo que en un futuro podría hacerles daño, legalizarían la pertenencia de sus posesiones, y seguro que le condenarían, porque era un crimen del que estaban necesitados los romanos, ya que hacía mucho tiempo que no había una causa criminal en Roma. No tenían pruebas, pero no las necesitaban: estaba por medio el todopoderoso Crisógono. Los más afamados abogados de Roma no estaban dispuestos a defender a S. Roscio Amerino (h) en contra de este influyente personaje protegido de Sila. Así que confiaron la suerte del reo a un joven que tenía mucho que ganar y nada que perder. Era un joven con ambiciones, con preparación y con cualidades, y estaba buscando ansiosamente una causa en que se vieran estas tres características. Por eso, a pesar de la dificultad que presentaba el caso, no dudó en aceptarlo. Cicerón no solo intentó demostrar que cliente era inocente, sino que además buscaría demostrar quién había sido el asesino de S. Roscio. Y atacó sin contemplaciones a los dos parientes, T. Roscio Mgno y T. Roscio Capitón, a quienes acusó directamente del asesinato. Sacó a colación todas las irregularidades que se habían llevado a cabo a raíz de la muerte de S. Roscio, y trató de desmontar todos los argumentos en contra del hijo, aludiendo a un dato típico en el derecho: “cui prodest?”, ¿a quién aprovecha el crimen?. Se vio con claridad meridiana que los únicos que habían sacado provecho de la muerte de S. Roscio, padre, habían sido sus parientes, en combinación con Crisógono, que además, no había legalizado la propiedad, por lo que era ilegal. Por último, Cicerón animó a los jueces a hacer justicia. Tenían que estar convencidos de que no habían de temer nada de Sila, pues él también estaría de acuerdo en que no había nada de noble en que alguien se enriqueciera con las penas y las injusticias en contra de los ciudadanos, como había hecho Crisógono. Si hicieran justicia sólo saldría beneficiada la república. Si no, parecería que hacíais una nueva proscripción, sacando a pública subasta los bienes de un joven inocente, dejando que los asesinos se aprovechen de la situación. Cicerón ganó el pleito, y a partir de entonces será reconocido como uno de los mejores oradores de Roma. Sin embargo, al año siguiente le vemos en Grecia. Era necesario que todos los Romanos que se quisieran dedicar a la elocuencia y a progresar en el “cursus honorum” se prepararan en Grecia, cuna del saber, de la filosofía y de la retórica. Pero, ¿fue ése el único motivo? ¿No será que salió huyendo para que no le alcanzara el brazo de Sila, por si le había sentado mal el haber hecho condenar a su protegido? Es posible que no las tuviera todas consigo a pesar de que el discurso había sido impecable.


Pro Milone

“Pero ya he hablado lo suficiente sobre la causa judicial y, tal vez, hasta demasiado sobre cuestiones externas a la causa ¿qué me queda, sino rogaros y suplicaros, jueces, que concedáis a este hombre valeroso una misericordia que él mismo no os implora, pero que yo, aunque se oponga, os imploro y solicito? Si, en medio del llanto de todos vosotros, no habéis visto una sola lágrima de Milón, si contempláis su rostro siempre imperturbable y su voz y sus palabras firmes e invariables, no por ello seáis con él menos compasivos. Tal vez, incluso, merezca una ayuda mayor; pues, si en los combates de gladiadores y ante la situación y la suerte de unos hombres de condición humana ínfima solemos hasta detestar a los cobardes, a los que imploran y suplican que se les permita vivir, mientras que deseamos que se salven los valientes, los esforzados y los que se lanzan a la muerte con ardor, si somos más compasivos con aquellos que no reclaman nuestra misericordia que con los que no cesan de implorarla, ¡con cuánta más razón debemos actuar así en el caso de ciudadanos valientes!

Pro Caelio

"Llego ahora a dos puntos de la acusación el del oro y el del veneno, que ambos proceden de la misma persona. El oro fue pedido en préstamo, se dice, a Clodia; el veneno se preparó para Clodia. Todas las demás acusaciones no son acusaciones, sino maledicencias, alegaciones hechas más para alimentar la violencia de una disputa que para dar materia a un proceso capital. El ser un adultero, un impúdico, un prevaricador, son injurias, pero no un motivo de acusación: son alegaciones sin fundamento, que no descansan en nada; ultrajes proferidos al azar por un acusador enardecido que no tiene a nadie que se presente aquí a garantizar los hechos. Pero de estas dos acusaciones veo la procedencia, veo al autor; veo un hecho preciso, un cuerpo de delito: Celio tuvo necesidad de oro, se lo pidió a Clodia; lo recibió sin testigos; lo guardo todo el tiempo que quiso: en esto veo una gran demostración de extraordinaria intimidad.

“Toda la cuestión, jueces, que aquí se ventila es con Clodia, mujer no sólo noble sino incluso muy conocida. De ella no he de decir nada que no sea necesario para rechazar la acusación. Pero tú, Gneo Domicio, con tu extraordinaria inteligencia te das cuenta de la que la cuestión es con ella únicamente. Si no fuese ella quien dijese que prestó oro a Celio; si no le acusa de haber intentado envenenarla, sería en mí una gran inconveniencia citar el nombre de una madre de familia sin todos los miramientos debidos a una mujer respetable. Pero si, apartada esta mujer de la causa, no les queda a nuestros adversarios ni acusación ni armas para atacar a Celio, ¿qué debemos hacer nosotros sus defensores, sino rechazar a los que le persiguen? Yo lo haría incluso con más energía, si no me detuviese mi enemistad con su marido, quise decir con su hermano, siempre me equivoco. Pero trataré de moderarme para no ir más allá de lo que exijan mi deber y el interés de la defensa, pues jamás he tratado de ser enemigo de las mujeres y mucho menos de quien se dice ser más bien amiga de todos los hombres que enemiga de alguno.”


Veamos ahora qué explicación se da respecto al veneno. ¿Dónde fue comprado? ¿De qué forma fue preparado? ¿Cómo, a quién y en qué lugar fue entregado? Según dicen, Celio lo tenía en su casa; lo probó en un esclavo que compró para esta prueba y cuya rápida muerte demostró la eficacia del brebaje. ¡Dioses inmortales! ¿Por qué parece que estáis algunas veces en convivencia con los mayores crímenes de los humanos, o por qué cuando un crimen es tan rápido parece que diferís el castigo para un día lejano? Vi, sí; vi y en mi vida jamás un dolor más cruel destrozó mi corazón, vi a Quinto Cecilio Metelo arrancado de repente de los brazos y del seno de la patria; a aquel gran ciudadano que no vivía más que para ella y que tres días antes había aparecido con tanta gloria en el Senado, en los Rostros, en la tribuna, ante los ojos de Roma entera, en la flor de la edad, pletórico de salud y de vigor; le vi inmerecidamente arrebatado a todas las personas de bien, a todos los ciudadanos.
 
In Catilinam
 
¿Hasta cuándo ya, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo aún estará burlándosenos esa locura tuya? ¿Hasta qué limite llegará, en su jactancia, tu desenfrenada audacia? ¿Es que no te han impresionado nada, ni la guardia nocturna del Palatino ni las patrullas vigilantes de la ciudad ni el temor del pueblo ni la afluencia de todos los buenos ciudadanos ni este bien defendido lugar donde se reúne el senado ni las miradas expresivas de los presentes? ¿No te das cuenta de que tus maquinaciones están descubiertas? ¿No adviertes que tu conjuración, controlada ya por el conocimiento de todos éstos, no tiene salida? ¿Quién de nosotros te crees tú que ignora qué hiciste anoche y qué anteanoche, dónde estuviste, a quiénes reuniste y qué determinación tomaste? ¡Qué tiempos! ¡Qué costumbres! El senado conoce todo eso y el cónsul lo está viendo. Sin embargo este individuo vive. ¿Que si vive? Mucho más: incluso se persona en el senado; participa en un consejo de interés público; señala y destina a la muerte, con sus propios ojos, a cada uno de nosotros. Pero a nosotros -todos unos hombres- con res-guardarnos de las locas acometidas de ese sujeto, nos parece que hacemos bastante en pro de la república. Convenía, desde hace ya tiempo, Catilina, que, por mandato del cónsul, te condujeran a la muerte y que se hiciera recaer sobre ti esa desgracia que tú, ya hace días, estás maquinando contra todos nosotros. Tenemos contra ti, Catilina, una resolución del senado, enérgica y severa. No es la responsabilidad de Estado ni la autoridad de este organismo lo que está fallando: nosotros, nosotros los cónsules -lo confieso sinceramente- somos quienes fallamos.