sábado, 20 de marzo de 2010

Análisis iusfilosófico de "La Ley"


La ley como causa eficiente del derecho está preordenada para actualizar la voluntad justa. La ley es ordenación y mandato de la razón, es lo conforme a la naturaleza del hombre, y como esta naturaleza es potencialmente social, el Bien común es el término de tal ordenación. La promulgación, por otra parte, es el elemento positivo agregado a tal ordenación para hacerla para todos igualmente objetiva y soberana.

Causas esenciales:
a) Causa Material: La razón (sujeto en que reside)-.

b) Causa Formal: Promulgación.

c) Causa Eficiente: Razón común de aquel que tiene a su cargo la comunidad.

d) Causa Final: Bien común.

Sujeto donde reside la ley

Primeramente la ley es esencialmente algo que es producido y constituido por la razón práctica mediante el acto de imperio. Segundo, la ley esencialmente no es el acto de la razón, sino algo producido por ese acto que son las proposiciones universales imperativas de la razón práctica. La razón es el primer principio de los actos humanos. Los actos humanos se definen y configuran por orden al fin, en función del cual se pone siempre en movimiento la actividad del hombre, incluso cuando se refiere a los medios o cosas útiles, el fin es así el principio y la razón de ser del acto humano. La razón presenta y propone el fin a la voluntad, siendo esta condición de la razón esencial para que se ejecute el acto voluntario. Por ende, el primer principio de la actividad humana, de donde recibe su ser y su especie, es evidentemente la razón, y la ley que regule y mida esos actos ha de pertenecer necesariamente a la razón.

El acto más importante de la ley es el mandar, que se refiere a las cosas buenas, a la bondad de los actos, primera especie de moralidad. Sigue luego el prohibir, que tiene por objeto los actos malos, y el permitir, que mira a los actos indiferentes, y, por fin, el castigar, cuya función es dar eficacia a los demás actos por el temor de la pena. Todos éstos actos si se analizan de cera, muestran el sello directo e inmediato de la razón.

Ahora bien 3 son los actos de la razón práctica: consejo, juicio e imperio. Consejo y juicio no son más que preparación del imperium. La ley es un dictamen, algo imperativo, fruto del imperio de la razón. El imperio es una orden necesariamente racional.

La causa final de la ley: el bien común

El fin de la ley tiene que ser un bien, pues la ley es regla y medida de la moralidad de los actos humanos y es, además, fruto de la razón práctica, que mira a la verdad bajo el aspecto de bondad o bien.

La ley en cuanto tal, o sea que toda ley, no sólo la humana, sino también todas las demás, mira esencialmente, al bien común y no al bien meramente particular o privado.

La ley debe dirigir la actividad de la voluntad del hombre; pero ésta no obra rectamente al querer los bienes particulares si no los refiere al bien común divino, que es la bondad de Dios, bien de todo el universo. El apetito natural de toda cosa que es parte de algún todo se ordena al bien común del todo. Por consiguiente la ley en cuanto tal, si realiza verdaderamente la esencia de ley, es decir, si procede de la razón, divina o humana, y dirige los actos humanos, ha de ordenarse siempre al bien común.

Por otro lado hay que tener en cuenta que a la ley eterna corresponde el orden universal; a la ley divina, el orden moral sobrenatural; a la ley natural, el orden moral natural, a la ley humana, en cuanto enfaizada en lo natural, el orden social civil y a la ley eclesiástica, el orden social de la Iglesia. En cambio, la ley en cuanto tal, objeto del estudio de Santo Tomás en esta cuestión, mira universalmente al orden humano en general, que no se identifica con ninguno de ellos, aunque en todos se realice a su modo, sino que los trasciende como una razón análoga superior a todos ellos.

La ley moral mira primaria y formalmente al bien común por esencia, que es Dios, fin último y bien común perfecto de la vida humana.

Las distintas especies o clases de leyes miran inmediatamente hacia sus respectivos fines o bienes comunes, distintos entre sí, pero subordinados y en relación necesaria al bien común por esencia o fin último.

Dios es el bien común por orden al cual se constituye la ley eterna, que es el dictamen de la razón divina, que ordena los actos y movimientos de todas las criaturas, produciendo el orden universal.

La ley natural no es más que la participación de la ley eterna en el hombre y no hace más que determinar y producir el orden de los actos humanos al último fin, o sea el orden moral, que es una parte, la más importante, del orden universal creado por la ley eterna.

La ley humana es una derivación de la ley natural y como una concreción del orden moral creado por ésta.

A la bienaventuranza sobrenatural perfecta, como supremo bien común, ordena la ley nueva o evangélica, que por eso contiene la gracia y la caridad, que elevan al hombre y hacen posible su tendencia y le hacen capaz de alcanzar el último fin sobrenatural, pero imperfecto, y su valor normativo relativo se halla hoy subsumido en la ley nueva.

La ley eclesiástica responde a la comunidad social que los cristianos forman, necesaria para alcanzar el fin sobrenatural.

Los distintos bienes comunes que constituyen las diversas leyes, tienen que estar subordinados entre sí y ordenarse unos a otros por esa relación necesaria que dicen todos ellos a la bienaventuranza absolutamente perfecta y, en definitiva, al bien común por esencia, que es el objeto de ella.

La ley eterna abarca en un abrazo omnicomprensivo el orden de todas las criaturas y del universo bajo el bien común por esencia, que es Dios.

La ley divina positiva dirige todo el orden humano, ordenando la vida total de los hombres interior y exterior, a la bienaventuranza sobrenatural, que es su bien común. La ley natural dirige también el orden humano, pero sólo en el plano natural, ordenando la vida de los hombres en todos sus aspectos, interiores y exteriores, a la bienaventuranza natural, que es su bien común.

La ley divina y la ley natural son, pues, las manifestaciones supremas en el hombre de la ley eterna.

El orden de la vida humana, de su vida personal, al bien común, es lo que da al hombre su plenitud personal, la perfección última de su carácter de persona.

El bien común, el ser participable a muchos y capaz de perfeccionarles, es necesariamente más perfecto que el bien particular.

La causa eficiente de la Ley: La razón común

Toda ley, por su misma esencia, está ordenada al bien común; pero no todo lo ordenado al bien común es llamado ni tiene razón de ley. Esa ordenación al bien común tiene que estar producida por la causa eficiente propia de la ley, que es la razón común.

Sólo la razón común o pública es causa productora de la ley. La ley es el dictamen imperativo que ordena los actos humanos y los bienes particulares al bien común. Por consiguiente, sólo será productora de la ley aquella razón que mira directamente al bien común y es capaz de mover eficazmente a los actos humanos y a los bienes particulares hacia ese bien. La razón que tienen estas cualidades es sin duda, por definición, la razón pública o común, la cual dice la misma relación al bien común que la razón individual o particular el bien propio de cada uno.

La prudencia gubernativa, por definición, supone necesariamente en el que la detenta el poder o facultad de gobernar la comunidad política; poder que no es otra cosa que la autoridad. Esa prudencia es la virtud propia de la autoridad, que, permite al gobernante realizar debidamente su condición de tal. Las leyes humanas serán fruto de la prudencia gubernativa.

Según esto, la razón común que dicta las leyes no puede ser otra cosa que la razón práctica del gobernante con auténtica autoridad, razón revestida de la prudencia gubernativa. Es, pues, la prudencia gubernativa, por su acto de imperio, la que crea o produce esas proposiciones universales que son las leyes.

La promulgación de la Ley

La promulgación de la ley no significa más que su presentación o manifestación ante los demás, ante la comunidad. Conviene, sin embargo, no confundir esta promulgación fundamental con la mera divulgación, mediante la cual se difunde o propaga el conocimiento de la ley ya promulgada. La promulgación pone la ley ante la comunidad; la divulgación no hace más que propagar y transmitir el conocimiento actual de esa ley.

Por medio de la divulgación, la ley llega así al conocimiento de todos los sujetos sometidos a ella; en cambio, por la promulgación; antes de ser conocida por todos; adquiere su razón de ley y su carácter obligatorio, en cuanto se ha puesto por ella en relación de conocimiento, al menos potencial, con todos. La promulgación es un elemento constitutivo de la esencia de la ley. La manifestación exterior del imperio público, cuando se trata de proposiciones universales en orden al bien común, se llama promulgación.


”La ley es una prescripción de la razón (causa material) en orden al bien común (causa final), promulgada (causa formal) por aquel que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad (causa eficiente)”. En esta definición recoge Tomás de Aquino magistralmente cada uno de los elementos esenciales que concurren a la constitución de la ley, y que no son sino sus cuatro causas.

Santo Tomás justificó la existencia de las leyes humanas en virtud de la naturaleza de la razón y de la incapacidad de la ley natural para ordenar toda la actividad singular del hombre. Destaca también el carácter educativo o pedagógico que es esencial a la ley humana.

El hombre tiene inclinación natural al bien y a la virtud, pero esa tendencia no llega a su plenitud y perfección sino a través de una disciplina o enseñanza en el seno de la sociedad, disciplina que encuentra su guía fundamental en las leyes humanas.

Siguiendo con esta línea de la necesidad de la ley humana se ha apelado a criterios de necesidad en la aplicación o implantación de vías que generen temor y lleven a las personas a no hacer lo que esta prohibido ya que de no haber fórmulas que impartan temor en los ciudadanos éstas serían ignoradas. Se ha afirmado que la ley lleva a la tranquilidad pública.

Recordemos que Platón pregonaba una sociedad sin leyes bajo el mando de los sabios, pero al decir de Santo Tomás de Aquino, es mejor una sociedad con leyes que los pocos sabios, o muchos sabios que se requieren para resolver las innumerables cuestiones, cosa que nos llevaría a postular de inmediato la necesidad de que existan muchos sabios, cosa que es bastante contingente e imposible de pronosticar en una sociedad en un momento dado.

Es mejor por ello formular reglas en abstracto para la aplicación y resolución de los casos concretos.

El punto más importante de la concepción tomista de la ley humana es su fundamentación esencial en la ley natural.

Las leyes humanas dejan de ser auténticas cuando van en contra de la ley natural o no se derivan de ella.

La ley, para serlo de verdad, tiene que ser justa, y la justicia en las cosas humanas es necesariamente determinada por la razón. Ahora bien, la ley natural es la primera regla de la razón, mediante la cual determina la rectitud, o justicia de las cosas, y, por consiguiente, una ley humana en tanto será justa en cuanto se derive o acomode a la ley natural.

Por ello podemos definir la ley humana como “las proposiciones universales de la razón práctica, derivadas como conclusiones o como determinaciones de la ley natural, enderezadas al bien común de la sociedad civil y promulgadas por la prudencia gubernativa de la comunidad política o de quien hace sus veces.

Santo Tomás señala como primera nota del contenido de la ley humana su generalidad o universalidad.

La ley es un precepto común que no se refiere a los actos singulares y concretos como tales, para los que se dan los preceptos particulares de los hombres prudentes, sino a los actos o hechos más generalmente repetidos.

Sin embargo, esto no quiere decir que la ley y el derecho positivo sean sólo comunes y no miren a los individuos y casos singulares. Hay tres partes principales del derecho legal o positivo.

a) Leyes comunes que tienen un carácter general o universal.

b) Los privilegios que, son como leyes privadas, en parte comunes, en parte singulares, porque miran a las personas particulares, pero se extienden a diversos asuntos.

c) Las sentencias judiciales, que constituyen derecho, aunque no son propiamente leyes, sino aplicación de ellas a los casos concretos.

La razón principal de este carácter universal o común de la ley humana se halla, según Santo Tomás, en el orden al bien común, que es el fin que da forma y contenido a esa ley.


La ley humana es una ley moral, y su materia tiene que reducirse a las realidades morales fundamentales, que son los vicios y las virtudes.

La ley humana no debe prohibir todos los vicios, no exige una virtud omnímoda; debe ser tolerante con aquellos vicios o pecados que no afectan a la conservación directa de la vida social, y que sería prácticamente imposible y hasta perjudicial hacerlos desaparecer de una gran parte de los componentes de la sociedad.

Como la ley se impone a toda la comunidad o a una parte considerable de ella, donde la mayoría de los hombres son siempre imperfectos, incapaces de una vida virtuosa completa, de ahí que sólo deba prohibir los vicios más graves, sobre todo los que llevan consigo daño al prójimo y sin cuya prohibición no se puede conservar la sociedad, o, que destruyen la convivencia humana. La ley humana trata, sin duda, de llevar a los hombres hacia la virtud perfecta, pero no lo hace súbitamente, sino por grados, pues, de lo contrario, muchos súbitos, incapaces de soportar el yugo de la ley, derivarían hacia males mayores.

Respecto a las virtudes, Santo Tomás, admite que la ley humana puede abarcar el campo de todas las virtudes, es decir, de todas las especies de virtud, pero no todos los actos de cada virtud, sino sólo aquellos que se pueden ordenar, mediata o inmediatamente, al bien común social.

La ley no impone preceptos sino en la materia de justicia, y si manda actos de otras virtudes, lo hace únicamente en cuanto asumen la razón de justicia.

Los actos de la virtud pertenecen a la ley humana únicamente en cuanto ordenables al bien común civil, y esta ordenación es fruto de la justicia, sin duda la justicia legal, virtud general que a su modo encierra y ordena las demás virtudes, especialmente las justicias particulares.

Las leyes humanas, propiamente tales pueden ser justas e injustas. Las leyes justas obligan siempre en conciencia.

Las leyes injustas presentan dos formas distintas, según provenga su injusticia de la oposición al bien humano o al bien divino. En el primer caso, son leyes que no obligan de suyo en conciencia, a no ser para evitar el escándalo o cuando los males que se siguen son superiores al bien que se ha de conseguir; más que leyes son violencias, dice el Angélico. Cuando se oponen al bien divino, porque se inducen a la idolatría o a cualquier otra cosa contraria a la ley divina, no pueden ser observadas en conciencia, de ningún modo y bajo ninguna razón.

Es obligación muy verdadera la de prestar reverencia a la autoridad y obedecer con sumisión las leyes justas, quedando así los ciudadanos libres de las injusticias de los inicuos gracias a la fuerza y vigilancia de la ley. La potestad legítima viene de Dios, y el que resiste a la potestad resiste a la ordenación de Dios; con lo cual queda muy ennoblecida la obediencia, ya que ésta se presta a la más justa y elevada autoridad; pero cuando falta el derecho de mandar o se manda algo contra la razón, contra la ley eterna o los mandamientos divinos, es justo no obedecer a los hombres, se entiende para obedecer a Dios.

En primer lugar, las leyes justas obligan en conciencia, porque se derivan de la ley eterna y de ella reciben una fuerza de obligación que afecta evidentemente a la conciencia.

Por eso, el resistir a la autoridad que dicta la ley humana en aquellas cosas que le pertenecen, es resistir a Dios y hacerse por ello reo en conciencia; en el juicio de la ley humana, cuando es justa, está contenido el juicio de Dios, que es juicio de conciencia.

El hombre es parte de la multitud y se debe a ella, tiene obligación en conciencia de ordenarse al bien común de la sociedad, dirigido por la autoridad a través de leyes justas. En conciencia, el hombre no puede dejar de someterse a las leyes que encarnan y determinan en concreto esa exigencia natural de su ser social, que de otra manera quedaría sin sentido.