sábado, 20 de marzo de 2010

La virtud de la Justicia


El nombre latino de iustitia deriva de iustum, y este es adjetivo de ius. Los romanos dieron al revés la interpretación, derivando el vocablo ius de iustitia. Pero filosóficamente tanto iustum como iustitia proceden de la forma verbal más primitiva y simple: “ius”.

Hay dos acepciones básicas de justicia a tener en cuenta:

La primera, de la “justicia general”, está reflejada en la definición de San Anselmo, en este sentido general y amplio, justicia es sinónimo de rectitud. Dicha justicia comprende toda la rectitud moral, la debida ordenación de todos lo movimientos del alma entre si y sumisión de todos a su fin último que es Dios.

La justicia platónica es la virtud general, común a las tres partes, racional, irascible y concupiscible, y consistente en la concordia o estética armonía de todas las partes y movimientos del alma, resultante de las otras tres virtudes, prudencia, fortaleza y templanza. Y en la sociedad es la armonía general que resulta de los tres estados, mercenarios, guerreros y magistrados, y la debida disposición de todos entre sí, de tal modo que cada orden permanezca dentro de los límites de su propio puesto y labor. Aristóteles admite tal concepto de justicia general, pero no es para él la justicia propia, y en el plano individual es llamada por él y por Santo Tomás justicia metafórica. Esta concepción pasó después a los Padres de la Iglesia. Es también acepción muy común en la Sagrada Escritura.

A esta justicia metafórica, insistimos, se la relaciona con un sentido bíblico de rectitud moral o de santidad, llamada por metáfora, porque en ella se verifica un simulacro o apariencia de justicia propia.

El segundo es el sentido estricto y propio de la justicia como virtud cardinal, la que se refiere a realizar las obras de justicia o a dar a cada uno lo suyo.

En este sentido subdividimos dos órdenes:

a) Acepción objetiva: Orden objetivo de la justicia. La justicia así entendida se identifica con las exigencias de la naturaleza, con el orden de la ley o el derecho objetivo. Tal acepción no representa el sentido moral y propio de la justicia como virtud, sino la justicia objetivada y realizada.

b) Acepción formal: Justicia como virtud, justicia en sentido subjetivo, acepción a la que nos vamos a referir.

Para Ulpiano Justicia es “La constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Para Santo Tomás la fórmula es recta si es debidamente entendida. Voluntad perpetua no se refiere a una perpetuidad efectiva o a un acto que dure perpetuamente, tal es sólo la justicia divina, sino se refiere al objeto, porque implica el propósito de obrar justamente siempre y en toda circunstancia. La virtud no se adquiere mientras no se llegue a esta constancia de obrar la justicia.

Para Tomás la justicia es “el hábito virtuoso de la voluntad por el cual somos inclinados con firmeza y constancia a dar a cada uno su derecho”.

Se evita la confusión que “lo suyo” generaba al pensarse que solo se refería a lo material, siendo que “suyo” hace referencia a muchas cosas que atañen al sujeto como pertenencia propia, concluyendo que “lo suyo” es todo lo que puede hacerse coincidente con su derecho, sea corporal o incorporal, aunque no se tenga sobre ello posesión efectiva, basta que sea algo sobre lo cual se tenga alguna exigencia, algún derecho, aunque imperfecto. Lo “suyo” no debe entenderse sólo en el sentido material de las cosas poseídas o referido al simple dominio de propiedad, sino en toda la amplitud en que interpreta Santo Tomás, como equivalente a todo lo ordenado a otro, lo que es debido a otro.

Pero además de la definición del acto general y de las condiciones del objeto, Santo Tomás analiza tres aspectos de la justicia habitual, por la que los hombres son llamados justos:

a) Esta justicia habitual es ante todo, “virtud”. Virtud es la que hace bueno al sujeto y sus actos. La realización del derecho, es no sólo un bien para otro, sino un bien para el propio sujeto. Es además virtud cardinal, se reserva, la materia principal y más difícil en el género de virtudes que rectifican las operaciones exteriores, que han de cumplir los deberes con el prójimo. Como virtud dicta y mueve a obrar lo que es justo, a sentir y desear que se haga justicia, y que se traduce por lo tanto en sentimientos.

b) La justicia reside, como en sujeto propio, en la voluntad. Aristóteles no reconocía expresamente la voluntad en su división de las potencias: racional por esencia y racional por participación. El concepto claro de voluntad, como apetito espiritual comprendido bajo lo racional por esencia, deriva sobre todo de la tradición agustiniana, así como la idea de que ella sea el sujeto inmediato de la justicia. Las operaciones exteriores ordenadas al bien de otros brotan del principio de toda acción, que es el apetito. Este no puede ser sensible, sino el apetito intelectivo, que es la voluntad, porque el bien exterior, que consiste en la proporción y orden de otros, sólo es captado por la razón. El apetito sensible no puede dirigirse a este bonum alterius, que es un bien racional.

c) La Justicia es la más excelente de todas las virtudes. Ya Aristóteles había dicho que “la más preclara de las virtudes, y ni el lucero de la mañana ni la estrella vespertina son tan admirables como ella.

El objeto formal de la justicia es el derecho, el cual tiene como nota esencial la alteridad, luego Santo Tomás va a referir las demás condiciones del objeto formal cuando se refiere a la Justicia particular.

Retomando la primer idea, la “alteridad” hace referencia a que la idea de justicia implica originaria ordenación a otro, ya que como lo señala el angélico, la función propia de la justicia es rectificar las acciones entre dos sujetos de derechos y deberes.

La segunda nota es la idea de “débito”, lo justo es lo debido a otro, lo que la virtud debe dar a esa otra persona por ser suyo y está constituido formalmente por la exigencia o derecho subjetivo del otro, recayendo sobre ese objeto o materia de la justicia.

La tercera y última nota diferencial del derecho es la “igualdad”.

El Aquinate enumera dos elementos de este objeto material: las acciones exteriores y las cosas que son usadas por ellas, lo que da lugar a la distinción de la doble materia de la virtud: la materia remota, o los objetos que son usados por los actos de justicia, cambiados, vendidos, restituidos, etc, y la materia próxima, o éstas acciones exteriores de contratar, restituir, distribuir, etc. Y, en general, de dar a cada uno lo suyo. La justicia debe rectificar al hombre en su vida de relación con los demás, y es bien patente que unos se ordenan y relacionan con los otros mediante las actividades exteriores y el uso y comunicación de las cosas externas que mediante aquellas afectuosamente.

La materia de la justicia es la operación exterior, medida por una proporción de igualdad con las exigencias de otra persona. La rectitud, o medio virtuoso, está entonces en que se guarde esa igualdad exterior. Es decir, se mide por una norma estrictamente objetiva que es el derecho de otro, sin atender a las disposiciones internas del sujeto. Y el acto será virtuoso sólo cuando se ajuste a esta regla del justo medio y estricta igualdad.

Surge entonces la dificultad obvia, y es que la justicia no parece salvar la razón genérica de virtud. Lo propio de esta es poner en los actos la medida o regla de la razón, y aquí no parece darse. En el obrar virtuoso siempre se incluye el debido orden al sujeto operante, pues la virtud hace bueno al sujeto y sus actos. Pero si en la medida del acto justo no se tiene para nada en cuenta la relación al sujeto, tendríamos una obra justa, recta y debida, aun realizada con intención perversa y otros defectos subjetivos, incluso arrancada por la fuerza de medios coactivos.

Ahora bien, para que se constituya la acción formalmente justa hace falta que la intención del agente y las demás disposiciones del sujeto sean rectas, que se conformen con el fin objetivo del opus iustum, que es dar al otro lo suyo.

La justicia en su acepción propia y estricta, se divide inmediatamente en justicia legal o general y particular (conmutativa y distributiva) según que relacione con cada individuo en general o con todos en conjunto y formando comunidad.

Aristóteles ha dado valor preponderante a la justicia legal, la que designa con dos apelativos: “legal” y “general”. Es general porque se extiende a los actos de todas las virtudes, ordenándolos al bien común, recibiendo también el nombre de justicia social; “es la virtud que inclina y mueve a los miembros del cuerpo social, en cuanto tales, a dar a la sociedad todo aquello que le es debido en orden a procurar el bien común”. En su proyección objetiva, se la concibe como la justicia que tiene por función regular las relaciones jurídicas de los ciudadanos para con el bien común.

Pero con respecto a esta justicia, han surgido discusiones en torno a su naturaleza, dudando de su misma existencia como virtud especial. No es justicia en sentido propio, cuya función sea dar a cada uno su derecho. La única justicia propia o cardinal es la justicia particular, con sus dos especies, ya que la justicia legal tiene por función ordenar los actos de las demás virtudes y se identificaría con la obediencia general a las leyes. La justicia legal es, en su esencia, virtud especial distinta, y se llama general por su influencia de causalidad sobre todas las demás.

Una nueva tendencia sostiene la posibilidad de una nueva denominación: “la justicia social” la cual aparece por primera vez en 1887 por La Tour du Pin y por los sillonistas.

Hay quienes sostienen que se trata de una cuarta especie de justicia. El sujeto activo y pasivo de la justicia social no serían el Estado y los individuos, sino los distintos grupos sociales entre sí y los individuos como miembros de estos grupos sociales, y la justicia social señalaría las exigencias o reivindicaciones de estos grupos, sobre todo en materia económico – social.

Pero la opinión más generalizada es la que identifica la justicia social con la legal de Santo Tomás.

Es común la opinión de que la definición de justicia, dada anteriormente, es esencialmente “norma”en cuanto ordena universalmente la conducta jurídica.

Si tal definición (Dar a cada uno lo suyo) importa una norma, es lógico suponer que tal regla importa un contenido “lo suyo”. Pero lógicamente por “lo suyo” nada puede entenderse si no es en determinación a una determinada apreciación histórica (ataque al Iusnaturalismo); por lo que tal definición quedaría siempre fundada en el dato histórico sobre las distintas concepciones de “lo suyo”.

Tal es el caso de la escuela histórica la cual niega la existencia de una esencia inmutable de la conducta jurídica: toda concepción de justicia se condensa en el derecho que rige la conducta en un momento dado. El derecho, en consecuencia, no es otra cosa que el conjunto de normas que reglan las relaciones humanas conforme a las avaluaciones de la época. No hay, pues, para el historicismo distinción real entre el derecho y la Justicia: todo derecho es justo del mismo modo que lo justo es el derecho, desde que lo recto es la justicia social imperante.

Desde el punto de vista del idealismo crítico de Marburgo se sostiene la equivocidad entre Justicia y derecho por lo que puede existir un derecho constituido objetivamente por las categorías del concepto y, no obstante, ser injusto por su disconformidad con la idea de justicia. Vemos entonces que se da la posibilidad lógica de un derecho injusto. El derecho, por lo tanto, no siempre es lo justo. Por eso la palabra “derecho” es equívoca en esta concepción, ya que puede representar al derecho justo o al derecho injusto.

Para nosotros en cambio la justicia es un nombre análogo (analogía de atribución), ni unívoco ni equívoco, decir ley justa, acto jurídico, sentencia justa, etc. supone la participación de éstos en la justicia de modo idéntico y, a la vez, de modo diverso.

Nosotros sostenemos que es una norma, pero que tiene un sentido y características diferentes al de las otras normas, por lo que la convierte en una regla con contenido inmutable.

Lo justo, lo absolutamente recto, es el fundamento del Derecho. Si existen relaciones humanas, lo recto es el objeto común de tales relaciones, y como lo recto es la acción justa; se sigue que “lo justo” es la esencia y razón de ser de toda conducta jurídica.

Debemos preguntarnos: ¿Cuál es la esencia del derecho? Esta sólo podemos determinarla por el concepto abstraído de la realidad misma de la conducta jurídica. Pero, entonces, ¿El derecho es la ley? La ley es cierta razón, regla y modo de derecho y no el derecho mismo: éste es anterior, trascendente a la Ley, como también a la facultad jurídica o al ánimo del Juez que hace justicia. Mas aún, la Ley, para merecer tal nombre, para ser Derecho, ha de participar de la razón de lo justo (ratio iuris), que el legislador percibe y a la que da un modo existencial mediante su formulación racional e imperativa.

Justicia y Derecho – Algunas Conclusiones
Recordemos que la escuela histórica niega la existencia de una esencia inmutable de la conducta jurídica: toda concepción de justicia se condensa en el derecho que rige la conducta en un momento dado. El derecho no es otra cosa que el conjunto de normas que reglan las relaciones humanas conforme a las avalaciones de la época. Lo justo es lo que disponen las reglas jurídicas tanto positivas como vigentes en un determinado lugar y conformes a las necesidades, intereses y diversos modos de interpretarlos. La justicia tiene para esta concepción un sentido unívoco ya que será justo sólo lo que las reglas jurídicas de un determinado lugar dispongan. Pero también hay otra concepción que establece el sentido equívoco ya que la palabra derecho puede significar a la vez dos tipos de relaciones tanto la de derecho justo como la del derecho injusto; aquí incurrimos en la aberración de suponer una conducta ajustada a derecho cuando es contraria a la justicia.

Para nuestra concepción la justicia es un nombre análogo no unívoco ni equívoco. Es evidente que entre la ley, lo justo y el derecho subjetivo no hay equivocidad, sino analogía, y precisamente analogía de atribución.

Para concluir, la noción de justicia es, por tanto, el potencial determinante, preexistente a la relación jurídica. Justicia es criterio supremo que dirige y regula la conducta. Derecho, en cambio, es la actualización de dicho criterio en cada relación, en cada acuerdo de voluntades. La justicia es la razón de ser del derecho, su fundamento; el derecho, es la facultad subjetiva, o la norma objetiva o la relación jurídica o la sentencia del juez que participan de aquella razón por analogía de atribución.