sábado, 12 de junio de 2010

Las Causas de la Moral


a) Causa Material: La actividad humana constituye de por sí la forma potencial de la moralidad. Todo acto humano que sea libre y consciente es materia determinable para la moral. No son, pues, los actos del hombre meramente corpóreos, vegetativos, sensitivo o puramente mecánicos, sino aquellos actos propiamente humanos que están sometidos a los procesos de intelección, deliberación y decisión lo que pueden recibir intrínsecamente la forma de la moralidad.

b) Causa Formal: Los actos humanos son potencialmente morales aunque no todos lleguen a ser morales en acto, ya que el mal no está en las potencias del hombre sino en fuerzas extrínsecas que desvían dichas potencias de su acto propio. Todo movimiento de la voluntad tiende necesariamente al bien; la voluntad por naturaleza no puede tender al mal de la misma manera que el entendimiento no tiende al error sino a la verdad. He aquí la potencialidad humana; lo único innato en el hombre: su necesaria tendencia al bien y a la felicidad. La causa formal de la moralidad es el acto intrínseco determinante de una potencia anterior. La causa formal de la moralidad es la “dirección recta del acto”; la rectitud se mide por su mayor o menor conformidad con el fin último o Bien Supremo, que como se ha dicho, es, también, punto de partida. Aquello que hace la moralidad del acto o que lo determina o lo ordena como tal, es la causa formal.

c) Causa Eficiente: Es aquella fuerza o impulso que la misma voluntad posee para decidirse rectamente. Las virtudes constituyen la causa eficiente de la moralidad. Pero así como la virtud es hábito adquirido para el bien, la ley en sentido lato es, a su vez, causa extrínseca de dichos hábitos: quien obra en sentido de las leyes necesariamente adquiere el hábito de lo bueno toda vez que la ley para ser tal es ordenamiento de la razón que dirige el bien común. Por ello la causa eficiente de la moral es por antonomasia la ley. Toda ley ordena casualmente porque es de su naturaleza ordenar: las virtudes, por tanto, nacen en aquellos hombres gobernados y, por ende, habituados a la vida ordenada, es decir conforme a la justicia, madre y raíz madre y raíz de todas la otras virtudes.

d) Causa Final: En el orden moral el fin no puede ser otro que el bien en sí, el Bien Supremo. En el orden moral el fin no es la felicidad sino el Bien. Dios se constituye así en el fin natural de la conducta, la ilicitud de los medios definen la inmortalidad.

e) Causa Ejemplar: El ejemplar es aquello en cuyo modelo me inspiro para así asegurar el fin deseado. Dijimos, también, que este modelo, siempre “medio”, es la “idea” que yo concibo, sea original o reproducción de otra. Dios es la suprema fuente de inspiración humana, el modelo perfecto en íntima relación, por tanto, con el fin al que tiende la criatura humana. Confúndase así en el orden moral la causa final con la ejemplar, identificación, en cambio, que no es posible en el orden metafísico del ser, por cuanto el fin es un efecto que se logra en virtud de una causa ejemplar – medio (la idea); empero, en el orden moral el efecto es la contemplación del soberano bien y su amor infinito; por tanto, este soberano bien debe ser a la vez el modelo perfecto para el logro de aquella visión y amor beatíficos. El modelo perfecto es Cristo y su divina Ley en la cual se inspiran los hombres justos. Dios nunca puede ser considerado como causa formal, óntico – interna, de las cosas, sino únicamente como causa extrínseca, es decir, eficiente, final y ejemplar.