miércoles, 20 de abril de 2011

El Fin del Derecho

Es un problema insoluble, la investigación de lo que constituye el contenido del derecho, porque éste es eternamente variable; aquí es de este modo; allí será de otro. Es un caos en perpetua fusión, agitándose sin freno ni regla. Lo que aquí está prohibido, se permitirá en otro lugar; lo prescripto aquí, estará allí prohibido. Fe y superstición, civilización y salvajismo, venganza y amor, crueldad y humanidad, ¿qué sé yo todavía? El derecho lo acogió todo, lo consagró todo, sin consolidar nada. Indudablemente, si la misión del derecho fuese realizar lo verdadero en sí, el resultado sería desolador. De atribuirle semejante misión, habría que confesar que está predestinado al error perpetuo. Cada siglo, transformando el derecho, traería la condenación del precedente siglo, que creía que su derecho consagraba la verdad, y sería a su vez condenado por el siglo siguiente. La verdad estaría siempre algunos pasos más adelante que el derecho, y éste no podría jamás alcanzarla, lo mismo que el niño que persigue una mariposa que vuela cuando aquel se aproxima.

La ciencia es también una eterna investigadora. Pero no se limita a buscar; encuentra, y lo que ha encontrado permanece en su poder eternamente. Su investigación es libre. En sus dominios, a diferencia de lo que ocurre en los del derecho, ninguna potestad tiene fuerza para revestir al error de la autoridad de la verdad. Los decretos de la ciencia pueden ser combatidos; los del derecho tienen un valor positivo; aquel que descubre su error, tiene, sin embargo, que someterse a ellos.

Producir ese agravio contra el derecho, es aplicarle una medida, la de la verdad, a la cual escapa. La verdad es el fin del conocimiento, no el de los actos. La verdad es una, y todo lo que se aparta de ella es error; hay un antagonismo absoluto entre la verdad y el error. Al contrario, para los actos o lo que es igual, para la voluntad, no hay medida absoluta. En tal situación, en tal ocurrencia, la vluntad obrará de diferente modo que en tales otras, y será tan justa y oportuna en uno como en otro caso.

La voluntad se juzga con arreglo al fin que se propone. El fin de la voluntad es el que caracteriza al acto como justo o no justo. Lo justo es la medida de lo práctico, es decir, de la acción, la verdad es la medida de lo teórico, es decir, de la percepción. Justo es la concordancia de la voluntad con lo que debe ser; verdad la de la concepción con lo que es. Del médico que prescribe un remedio contrario al iindicado para la enfermedad, no decimos que eligió un remedio falso, decimos que  no vió justo. Sólo cuando el descubrimeinto de la verdad está concebido como tarea práctica, que exige la investigación, el esfuerzo, en pocas palabras, una aplicación de la fuerza de voluntad, empleamos igualmente la expresión justo al designar este trabajo de la voluntad hacia la verdad. Cuando decimos del estudiante que ha hecho un cálculo justo, del médico que no vió justo en el estado del paciente, no miramos la misma verdad del cálculo o del diagnóstico, sólo tenemos presente el sujeto que busca esta verdad, que se ha propuesto el fin de descubrirla, y bajo este aspecto subjetivo designamos como justo el fin alcanzado.

El derecho no expresa la verdad absoluta; su verdad o es más que relativa, y su medida con arreglo a su fin.

Así el derecho no sólo puede, sino que debe ser infinitamente diverso. El médico no prescribe el mismo remedio a todos los enfermos; adapta el remedio a la enfermedad. De igual manera el derecho o dicta en todas partes la mismas disposiciones, las adapta al estado del pueblo, a su grado de civilización, a las necesidades de la época. Imaginarse que el derecho debe ser en todas partes el mismo, es una concepción tan falsa como la de someter todos los enefrmos al mismo tratamiento.

Fuente: VON IHERING, Rudolf. El Fin en el Derecho. Editorial Heliasta.