domingo, 22 de mayo de 2011

El Bien común como Causa Final de La Ley


El fin de la ley tiene que ser un bien, pues la ley es regla y medida de la moralidad de los actos humanos y es, además, fruto de la razón práctica, que mira a la verdad bajo el aspecto de bondad o bien. La ley en cuanto tal, o sea que toda ley, no sólo la humana, sino también todas las demás, mira esencialmente, al bien común y no al bien meramente particular o privado.

La ley debe dirigir la actividad de la voluntad del hombre; pero ésta no obra rectamente al querer los bienes particulares si no los refiere al bien común divino, que es la bondad de Dios, bien de todo el universo. El apetito natural de toda cosa que es parte de algún todo se ordena al bien común del todo. Por consiguiente la ley en cuanto tal, si realiza verdaderamente la esencia de ley, es decir, si procede de la razón, divina o humana, y dirige los actos humanos, ha de ordenarse siempre al bien común.

Por otro lado hay que tener en cuenta que a la ley eterna corresponde el orden universal; a la ley divina, el orden moral sobrenatural; a la ley natural, el orden moral natural, a la ley humana, en cuanto enfaizada en lo natural, el  orden social civil y a la ley eclesiástica, el orden social de la Iglesia. En cambio, la ley en cuanto tal, objeto del estudio de Santo Tomás en esta cuestión, mira universalmente al orden humano en general, que no se identifica con ninguno de ellos, aunque en todos se realice a su modo, sino que los trasciende como una razón análoga superior a todos ellos.

La ley moral mira primaria y formalmente al bien común por esencia, que es Dios, fin último y bien común perfecto de la vida humana.

Las distintas especies o clases de leyes miran inmediatamente hacia sus respectivos fines o bienes comunes, distintos entre sí, pero subordinados y en relación necesaria al bien común por esencia o fin último.

Dios es el bien común por orden al cual se constituye la ley eterna, que es el dictamen de la razón divina, que ordena los actos y movimientos de todas las criaturas, produciendo el orden universal.

La ley natural no es más que la participación de la ley eterna en el hombre y no hace más que determinar y producir el orden de los actos humanos al último fin, o sea el orden moral, que es una parte, la más importante, del orden universal creado por la ley eterna.

La ley humana es una derivación de la ley natural y como una concreción del orden moral creado por ésta.

A la bienaventuranza sobrenatural perfecta, como supremo bien común, ordena la ley nueva o evangélica, que por eso contiene la gracia y la caridad, que elevan al hombre y hacen posible su tendencia y le hacen capaz de alcanzar el último fin sobrenatural, pero imperfecto, y su valor normativo relativo se halla hoy subsumido en la ley nueva. La ley eclesiástica responde a la comunidad social que los cristianos forman, necesaria para alcanzar el fin sobrenatural.

Los distintos bienes comunes que constituyen las diversas leyes, tienen que estar subordinados entre sí y ordenarse unos a otros por esa relación necesaria que dicen todos ellos a la bienaventuranza absolutamente perfecta y, en definitiva, al bien común por esencia, que es el objeto de ella.

La ley eterna abarca en un abrazo omnicomprensivo el orden de todas las criaturas y del universo bajo el bien común por esencia, que es Dios.

La ley divina positiva dirige todo el orden humano, ordenando la vida total de los hombres interior y exterior, a la bienaventuranza sobrenatural, que es su bien común. La ley natural dirige también el orden humano, pero sólo en el plano natural, ordenando la vida de los hombres en todos sus aspectos, interiores y exteriores, a la bienaventuranza natural, que es su bien común.

La ley divina y la ley natural son, pues, las manifestaciones supremas en el hombre de la ley eterna. El orden de la vida humana, de su vida personal, al bien común, es lo que da al hombre su plenitud personal, la perfección última de su carácter de persona.

El bien común, el ser participable a muchos y capaz de perfeccionarles, es necesariamente más perfecto que el bien particular.