domingo, 5 de junio de 2011

¿Quién fue en realidad Diocleciano?

Estamos ante una figura tranquilamente equiparable a la de Augusto. Su existencia impuso la creación de un nuevo orden. Lactancio supo definirlo como un inventor de crímenes y un maquinador de maldades, pero evidentemente el juicio de valor de Lactancio obedece a la típica mirada desde la óptica de un cristiano.

Si tuviésemos que encasillar el regimen de Diocleciano en una terminología moderna diríamos que se trataba estrictamente de una Monarquía Absoluta.

Nuestra figura tratada era una persona totalmente alejada a la imagen de un hombre de letras por lo que tampoco habría podido escribir una obra que lo reivindique, figura no necesariamente mal vista sino que no tuvo el protagonismo o la importancia histórica que las publicaciones dan cuenta sobre la de su predecesor Augusto.-

Diocleciano era de origen dálmata, nacido en Salona cerca de la actual Split (hoy perteneciente a Croacia). De oscuro origen, dudando si habría sido hijo de un escriba o bien de un liberto. De gran mérito en el ejército, habría logrado un importante vehículo para llegar al poder.

Ni bien llegado al poder habría dado a muerte al asesino de su predecesor (un tal Apro).

Si bien era un militar de escasa formación, falto de acervo cultural y de experiencia política, jurídica, y económica; lo más importante es que habría logrado hacer un excelente diagnóstico de los males que aquejaban a Roma.

Diocleciano dio un paso importantísimo al convertir el Principado en Dominado; el Emperador no era ya el primero de los ciudadanos, sino el señor, dominus, de sus súbditos. Dicha modificación tuvo la intención de sacralizar la figura del emperador, rodeándole de un halo de respeto reverencial que sirviera para aumentar su carisma y reforzar su seguridad.

Será la diadema la insignia de su poder, así como sus vestidos (ropas y calzados adornados con piedras preciosas, cuando antes el Emperador sólo usaba la clámide púrpura).

Reforzó el carácter teocrático de su gobierno, asumiendo el título de Jovio, derivado del nombre de Júpiter, el rey de los dioses paganos; de este modo, al tiempo que reverenciaba la religión tradicional, establecía un paralelismo con el reino de los cielos, que declaraba el lugar preeminente del emperador en la jerarquía terrenal.

Es de destacar la férrea disciplina impuesta por Diocleciano ya que consideraba que para mantenerse en el poder era necesaria la lealtad de los soldados de la misma forma que la lealtad de los burócratas.-

Dicolceciano no quería políticos, quería "funcionarios", de este modo relegó a la clase senatorial cuanto le fue posible en beneficio del orden ecuestre, la clase de los caballeros, que carecía de las veleidades intervencionistas del orden senatorial, de manera que los puestos más relevantes del nuevo funcionariado fueron ocupados por los "perfectísimos", título nobiliario que recibían los caballeros y que les distinguía de los "clarísimos", los senadores.

La distinción establecida por Augusto entre provincias senatoriales (controladas por el Senado) e imperiales (controladas por el princeps) dejó de tener vigencia: ahora todos los mandatarios territoriales dependían de Diocleciano.

Se produjo la separación del poder militar y el poder civil; en adelante, sólo el prefecto del pretorio, el más alto funcionario del Imperio, conservaba el viejo imperium de los magistrados republicanos, por el cual éstos podían comandar tropas y presidir el Senado.

La culminación de todo este proceso de división administrativa y política fue la llamada tetrarquía, palabra griega que significa "gobierno de cuatro". A los dos años de su gobierno, Diocleciano nombró augusto a Maximiano, que había demostrado buenas dotes como militar. Maximiano gobernaría la parte occidental del Imperio, y Diocleciano, la oriental. Seis años después, Diocleciano nombró césares a Constancio y Galerio. Este nombramiento suponía su designación como sucesores de los dos augustos y, admeás, un papel relevante en el gobierno del Estado.

Cada tetrarca gobernaba sobre los vicarios de las diócesis y éstos sobre los gobernadores provinciales, y todos los hilos del poder terminaban en Diocleciano.

El ejército alcanzó la cifra de 400.000 soldados. Se produjo un reclutamiento forzoso de los hijos de los soldados, reclutamiento de bárbaros e introducción de la capitatio, un nuevo impuesto sobre los propietarios de tierras, que les obligaba a entregar al ejército a algún campesino o, en su defecto, una compensación económica.

Es importante considerar la modificación de las unidades de combate: el número de legiones aumentó considerablemente, quizás hasta las 175, pero sus efectivos se redujeron de manera drástica, pues estaban compuestas por mil hombres, cuando en otros tiempos habían alcanzado hasta las seis mil. Las tropas auxiliares, integradas por los soldados que carecíasn de ciudadanía romana, se distribuyeron en cohortes de 500 unidades.

La reforma tributaria partío de las necesidades presupuestarias; se trataba de crear un impuesto capaz de cubrir año a año los gastos del fisco. A tal causa convirtió en permanente un impuesto, la annona, utilizado por los anteriores emperadores en momentos críticos y que consistía en la entrega en especie al Estado de parte de los beneficios agropecuarios.

EL impuesto equilibró las cuentas del fisco, pero fracasó en su dimensión social, pues no previó las circunstancias adversas habituales en las labores agrícolas (clima, plagas, etc.), y los pequeños propietarios, incapaces de soportar la presión fiscal, vendían sus predios, a los terratenientes.

Este emperador debió hacer frente al problema de la inflación promulgando en el 301 el edicto De maximis, que fijaba el precio máximo de los preoductos de consumo y la cuantía mínima de los salarios.

De más está mencionar su gran persecusión contra el cristianismo las cuales provocaron arrestos, ejecuciones, destrucción... y quizás también el reforzamiento de las creencias que se pretendía eliminar.

Seis años después de su abdicación, murió Diocleciano. Algunos dicen de muerte natural. Otros dicen que falleció desgraciado y sin ganas de vivir, muriendo entre crueles dolores y sufrimientos.

Podemos dudar de cualquier aspecto en torno a la figura de Diocleciano, de lo que no podemos dudar, es de que alguien haya tomado alguna vez decisiones por él, cosa que perece verdaderamente imposible.

Para ver más:

* El bajo imperio romano (ensayo). L. A. García Moreno. Síntesis. Madrid. 1998.
* La gran derrota de Diocleciano (novela). J. Pardo. La esfera de los libros. Madrid. 2004.
* Historia. National Geographic. Número 24.