domingo, 1 de abril de 2012

Carta del Padre Rector de la UCC. sobre el fallo citado en la entrada anterior relacionado a la despenalización del aborto.-


La UCC desea hacer pública su posición respecto de la despenalización del aborto

Ante el fallo de la Corte Suprema de Justicia la Nación que autoriza la posibilidad de abortar en caso de violación, la UCC desea hacer pública una vez más su posición respecto de la despenalización del aborto.

NACER, ¿ES UN DERECHO?

Reflexiones desde una mirada humanista sobre un debate que viene

Con la urgencia de los tiempos políticos locales se avizora el debate sobre la despenalización del aborto.

Algunas clarificaciones iniciales

Lo primero que habría que decir es que las confesiones religiosas (por más mayoritarias que seamos) no tenemos derecho a querer ejercer una cierta “tutela” moral del Estado o de la sociedad. No podemos pretender imponer una argumentación religiosa en un debate secular. La argumentación religiosa es pertinente al interior de nuestras comunidades, pero dado que el debate refiere a lo de todos, debe fundarse en argumentos que sean lugar de encuentro con todos. No podemos repetir el error de salir con la Biblia a la calle, cuando la discusión debe darse en otros ámbitos y con otros argumentos de carácter secular.

También habría que señalar que quienes están a favor de la despenalización del aborto, no necesariamente están a favor del aborto; en muchos casos proponen la despenalización como un modo de evitar más abortos.

Igualmente hay que decir que estar en contra de la despenalización no significa ser un fanático religioso.

Estas descalificaciones –en las que rápidamente naufraga este tipo de debates- son una trampa que deberíamos evitar desde el comienzo.

Introducción a la sombra de Levinas

El comienzo de una vida humana significa la aparición de un Otro que genera preguntas, interpela a la conciencia. Y –si ese Otro es reconocido como tal- entonces limita mi propia disponibilidad personal, porque de algún modo es una llamada hacia él. Ese Otro es un tú que me interpela, dice Emmanuel Levinas. La presencia del rostro del Otro significa una orden irrecusable –un mandato- que detiene la disponibilidad de la propia conciencia.

Es decir que ese Otro que aparece con su rostro en mi vida significa un límite a la libre disponibilidad de mí. Ya que el Otro es también un ser indisponible, un fin en si mismo, no un medio. “La relación con el Otro me cuestiona, me vacía de mí mismo y no cesa de vaciarme al descubrirme recursos nuevos. No me sabía tan rico, pero no tengo derecho de guardarme nada” (1).

Indudablemente esta mirada de Emmanuel Levinas respecto de todo Otro, es aplicable a la aparición de ese Otro que es el embrión, esa vida humana que se gesta en el seno materno. Ese ser humano (ese Otro) genera preguntas, interpela. ¿Qué hacer con él?

En la problemática de la interrupción del embarazo hay también un Otro diferente que nos interpela: la madre que por diferentes razones (violación, embarazo no deseado, coerción, etc) no desea gestar y dar a luz a ese Otro que adviene. Y nos interpela más aún cuando esa madre en ciernes está particularmente castigada por la pobreza y la exclusión ¿Qué hacer?

A esto además, se le suman los medios de comunicación que introducen su particular punto de vista, no siempre desinteresado. Y entonces, el tema se presenta al debate público con diversos rostros y argumentos.

Una elección difícil

Muchas veces se presenta el tema de la interrupción del embarazo como una colisión de valores: la libertad de la mujer de disponer de su propio cuerpo, frente a la indisponibilidad de todo ser humano; en particular frente a los derechos del embrión, que es ya un ser humano. ¿Qué hacer? ¿Qué valor se privilegia? ¿El derecho a la vida ante todo, o el derecho de la mujer que no quiere gestar un hijo no deseado?

Salud reproductiva y vida humana

Es claro –lo decíamos al comienzo- que el Estado debe resolver los urgentes problemas de salud reproductiva de la mejor manera para todos y por eso los argumentos para el debate deberían ser seculares. Y que esos argumentos son claros y van más allá de creencias, lo atestigua por ejemplo, el veto a la ley que despenalizaba el aborto en Uruguay redactado por el entonces presidente Tabaré Vázquez, médico y agnóstico él:

“La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos –incluido el nuestro– el ADN se ha transformado en la 'prueba reina' para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo.”

(…)

“El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.”

La vida humana como objeto

Hay una cuestión fundamental en la que coinciden todas las miradas antropológicas: cada ser humano es un fin en sí mismo. No somos medios para conseguir otros fines, por eso no podemos ser reducidos a objetos; eso atentaría contra la dignidad básica de la persona.

Ahora bien, si despenalizando el aborto se autoriza la eliminación de una vida humana para resolver un “problema” social (la proliferación de pobres sin futuro, la posibilidad de mayor inestabilidad social, el agrandamiento de la brecha de exclusión, etc.), entonces claramente esa vida humana eliminada es declarada un objeto no deseado sobre el que se puede disponer. Se la quita de en medio como una enfermedad. Se la elimina porque es un “objeto” que traerá más desdicha, o que sufrirá más desdicha por que se supone que vivirá sumido en la pobreza y la marginación; con lo cual se asume una postura fatalista y autoritaria, porque ya se determina que esa persona no podrá salir del círculo de marginación al que la sociedad y el Estado la han condenado por egoísmo, incuria y por políticas sociales ineficientes y muchas veces corruptas.

El papel del Estado

Pero hay también un tema de filosofía y ética política: ¿Cuál es el papel del Estado? ¿No debe proteger a los más débiles de los abusos de los poderosos? Y sin embargo –si se despenaliza el aborto- el más débil, que es esta vida que viene (ese Otro que adviene), es quien queda desprotegido. Despenalizando se protegería, tal vez, a la madre en situación de indigencia, pero no al niño/a por nacer.

Si lo que la ley va a proponer es, en definitiva, tener que elegir entre los derechos de una persona y la vida de otra, la ley es en el fondo inhumana. Y más aún si lo que está en juego, en algunos casos, es la comodidad de ciertos sectores para quienes un niño no deseado sería una molestia a sus planes personales o una “mácula” a su apellido.

El Estado por misión irrenunciable, debe promover políticas efectivas y constantes de educación sexual y salud reproductiva. Los datos afirman que las medidas en esta línea han reducido el número de abortos. Habría que seguir en esta dirección. Ahora bien, sin políticas reales de educación e inclusión social, seguiremos poniendo parches y tapando el sol con la mano.

El Estado debe de verdad defender a los más débiles del abuso de los poderosos. Esa es una misión de justicia irrenunciable. Por lo tanto debe promover políticas de salud reproductiva, y políticas sociales que reduzcan la cada vez más vergonzosa brecha que separa a los incluidos de los excluidos que sufren la opresión, el despojo y el desprecio.

Si de verdad el estado asume la misión de defender a los más débiles, entonces debe defender también a la vida humana por nacer.

Argumentos de carácter social

Muchos de los argumentos a favor de despenalizar tienen que ver más bien, con políticas de contención social: evitar abortos clandestinos, y de este modo asegurar un servicio que proteja la salud de la madre que, si no tiene dinero para pagar un aborto en una de las tantas clínicas que los hacen (con la complicidad de muchos que hacen como que no ven), puede ver seriamente comprometida su salud y su vida.

Pero analicemos un poco este argumento que sostiene que debería despenalizarse y hacerse gratuito para que haya igualdad de oportunidades, ya que hay mujeres que porque tienen dinero pueden violar la ley –con la complicidad de médicos y funcionarios- y se pueden hacer abortos seguros.

El razonamiento es: “como hay quienes tienen dinero para violar la ley, demos la posibilidad a todos para que lo puedan hacer”. No actuamos así como sociedad en otros casos. Lo lógico es reclamar que todos cumplan la ley, que se sancione la corrupción, que se penalice a los que transgreden la ley y a los funcionarios cómplices; pero no, aquí se razona de manera diferente: que todos podamos hacer lo penado de manera gratuita. Con lo que en realidad -tras esta excusa argumentativa de supuesta igualdad- se está diciendo “es bueno el aborto, deberían dejar que lo hagamos en paz”. En todo caso sería más honesto decirlo así, en vez de establecer esa racionalización de carácter pseudo social.

Ahora, si ese es el argumento dicho claramente, vuelve la pregunta: si ese Otro no nacido aún es un ser humano, ¿qué me habilita a eliminarlo?

Algunas paradojas…

Paradójicamente, muchos de los que defienden la despenalización suelen presentarla asociada a la causa de la defensa de los Derechos Humanos. Es difícil entender cómo se puede defender los derechos humanos legalizando el aborto, que es –en la práctica- la interrupción de una vida. Aquí hay una incoherencia porque, o se defienden todos los derechos, y los derechos de todos, o entonces hay una mirada arbitraria.

Por otra parte los organismos de Derechos Humanos se constituyen en defensores de los derechos de los inocentes frente a los abusos de quienes los violan, y el Estado no pocas veces se encuentra entre quienes avasallan esos derechos. Sin embargo, en el caso de la despenalización del aborto, se estaría propiciando que el Estado deje indefenso a un ser humano en el seno materno. Algo contradictorio.

Y por casa…

Por otro lado, algunos de los que defienden tan a ultranza la vida desde la concepción –por lo general desde el seno de la Iglesia Católica- en muchos casos pareciera que defienden más un postulado teórico que a las personas concretas que están por nacer. Eso no ayuda.

Sería más creíble, además, esta defensa a ultranza si se hubiera visto siempre a nuestra Iglesia (jerarquía y laicado) más comprometida decididamente con todos los Derechos Humanos de todas las personas. Lamentablemente no ha sido así en épocas no muy lejanas (recordemos el ominoso silencio de gran parte de la jerarquía -cuando no complicidad- ante el horror del terrorismo de Estado; o el trato deficiente -cuando no el ocultamiento- de los casos de abusos de menores por parte de miembros del clero). Algunos grupos dentro de nuestra Iglesia aún hoy son negativamente “selectivos” a la hora de defender derechos. Se pronuncian a favor de la vida, contra la despenalización, pero defienden a genocidas o muestran escasísima sensibilidad con las minorías y con los sectores más vulnerables y vulnerados de la sociedad.

De todos modos, más allá de lo que se pueda criticar, no se puede descalificar lo genuino de la defensa de la vida desde la concepción. Porque la cuestión de fondo es clara: ¿Es un ser humano ese ser que ha sido concebido? Si la respuesta es sí, lo demás se sigue solo: ¿Por qué, entonces, dar permiso para que se lo elimine? ¿Hay derecho a hacerlo?

Ojos que no ven...

Por otra parte, influidos como estamos por la contundencia de las imágenes, lo que se ve pesa mucho a la hora de formular juicios o formar opinión. Más en nuestro tiempo, en el que los medios de comunicación nos sensibilizan con multitudes de imágenes.

George Berkeley –filósofo del siglo XVIII- consagró un célebre aserto: “ser es ser percibido”. Él pretendía decir que las cosas son porque alguien las percibe. Finalmente él llegaba a afirmar que las cosas son porque Dios las percibe. Lejos ya del Dios de Berkeley, hoy podríamos darle la razón desde otra perspectiva diferente: ser es ser percibido por los medios de comunicación. Lo que no es percibido por los medios no existe. Y al ser percibido lo es con la óptica de los medios que no es una óptica desinteresada. Responde claramente a intereses muy vinculados al poder económico.

Entonces, al niño por nacer no se lo ve. Se ve a la madre que quiere quitárselo, se ve la pobreza, se ve a los defensores de una y otra postura presentados más o menos simpáticamente según los intereses en juego.

Lo que no se ve son las intenciones no declaradas. No se ven las familias que esperan adoptar hijos, ni los que tienen los hijos a pesar de todo, contra todos los riesgos.

Al final alentando la despenalización se repite el esquema de injusticia general: el hilo se corta por lo más débil.

Decir que permitir el aborto es proteger el derecho humano a la vida es -cuando menos- muy contradictorio. Los más débiles pierden una vez más. Aquí el punto de vista está sesgado siempre por una visión inmediatista: pareciera que las víctimas son las madres embarazadas indeseadamente. Y no es así. Al menos no sólo.

Los medios nos muestran a las madres que quieren abortar, no así al niño por nacer. ¿A quién defender? ¿Qué valor puede más?

Por otra parte, en muchos casos son jóvenes de familias con recursos los que buscan esta penosa salida. Doloroso, porque por lo general esos embarazos no son fruto de una violación sino de relaciones consentidas de las que no se quieren asumir las consecuencias. Y ciertamente es doloroso un embarazo no deseado, pero la muerte no es la opción; el camino pasa por asumir la responsabilidad.

Concluyendo

El Estado, entonces, debe proteger a las personas, a todas las personas. A las que –por unas u otras causas- desean abortar, y a las que no pueden pronunciar sus argumentos y serán los principales afectados: los niños por nacer; y -en la disyuntiva- debe inclinarse por la protección de éstos que son los más indefensos, son ese Otro que adviene y que significa un límite a la libre disponibilidad de mí.

Es clarísimo que la defensa de la vida humana desde la concepción no es una cuestión de fe. Es una cuestión humana, ética: ¿hay vida humana? Entonces el Estado debe defenderla y proteger sus derechos; como se deben proteger los derechos de los sectores más vulnerables y vulnerados de la sociedad, de los excluidos, las minorías, los desplazados. Porque –como bien ha dicho Tabaré Vázquez-: “El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados”.

Lic. Rafael Velasco, sj

Rector de la Universidad Católica de Córdoba

Con el acuerdo del Honorable Consejo Académico de la Universidad Católica de Córdoba en su sesión del día 19 de octubre de 2010.