viernes, 28 de septiembre de 2012

Por el Día del Maestro, merece leerse esta carta que escribiera un profesor (Garzón Valdés) sobre otro (Caracciolo).-

 
Ricardo Caracciolo
Hace más de medio siglo, Jorge Bacqué, en esos años profesor de Filosofía de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, me llamó por teléfono para anunciarme la llegada a Córdoba de un excelente joven profesor y rogarme le diera la atencion que con justicia merecía. Como conocía bien a Jorge y sabía que siempre era ecuánime en sus juicios, no tuve la menor duda de la verdad de su evaluación del joven jurista que deseaba integrarse en el grupo de profesores y alumnos de los ultimos años de la Facultad de Derecho que se reunía los sábados a la mañana y los lunes a la tarde para discutir y tratar de comprender mejor las cuestiones de la filosofía del derecho. Y así conocí un buen día a Ricardo Caracciolo quien con todo entusiasmo se incorporó a nuestro grupo y pronto fue uno de sus más fieles integrantes.
Pero lo verdaderamente importante para mi fue la relación de afecto y respeto que fue estableciendose entre nosotros. Con serena firmeza defendía sus argumentos (que no pocas veces eran mejores que los que habíamos sostenido) y nos sugería la conveniencia de revisar nuestra posición. Pronto fue Ricardo colega amigo y punzante comentarista.
Y el destino de nuestro complicado país nos fue uniendo aún más a lo largo de los años. Padecimos exilio y persecución en buena parte encarnada en la figura de decanos militares y de frustrados profesores ocasionales para quienes todo vestigio de duda intelectual era señal de peligroso desvío de la mediocre ortodoxia que profesaban.
Y Ricardo logró imponerse con la honestidad de su comportamiento y el indiscutible prestigio de su saber e inteligencia.
Con incomparable dedicación contribuyó a la formación de jóvenes juristas y por propio mérito se transformó en el profesor más querido de una universidad como la Pompeu Fabra en Barcelona.
Hoy celebramos su actividad intelectual pero no podemos dejar de recordar su dedicación familiar y su siempre alerta preocupación por el destino de Silvia y sus hijos.
Ricardo es un ejemplo claro de entrega a quienes forman parte de su mundo doméstico. Es bueno recordarlo.
Y es bueno no olvidar la entereza con la que ha sabido siempre enfrentar los desafíos que tuvo que vencer para conservar su ejemplar dignidad. Ello da lugar a una legítima admiración.
Su original contribución al estudio de algunos problemas de la filosofía y teoría del derecho lo ha convertido en uno de los más significativos pensadores no sólo de la Argentina. Este no es hoy mi tema y se que está a cargo de quienes pueden tratarlo con soberana solvencia.
Pero no quiero ahora olvidar que nos une no sólo una auténtica preocupación por algunas cuestiones jurídico-filosóficas sino también una alerta consideración de los problemas de nuestra patria. Ambos hemos sido víctimas de la dictadura y pagado el precio de la defensa de los principios democráticos. Pienso que ser víctima de la persecución dictatorial nos ennoblece y despierta en uno mismo la confortable sensación de no ser – ni por asomo - cómplice de la arbitrariedad y el dogmatismo.
Posiblemente Ricardo es más optimista que yo pero nos iguala el estar pendientes de lo que sucede o puede suceder en esta tierra nuestra.
Y, desde luego, esto no es todo. Compartimos también la innegable frivolidad de una buena corbata o de un saco bien cortado. No todo ha de ser tan serio que no quede lugar para lo supuestamente superfluo.

La seriedad en lo básico y la negación de lo inutilmente solemne han sido parte de una buena base para una amistad que se ha ido consolidando a lo largo de años dentro del marco de una políticamente complicada realidad argentina que desde siempre ha condicionado también la vida universitaria.
 
Es mucho lo que ya ha logrado Ricardo en el ámbito de la investigación de problemas jurídicos fundamentales. Lo ha hecho con seriedad constante y con el auténtico deseo de contribuir a su esclarecimiento. Quienes han leido sus trabajos o han sido sus alumnos o interlocutores lo saben plenamente. La pasión docente que lo anima es por todos conocida y respetada como el buen ejemplo del maestro honesto que no por amable está dispuesto a no defender sus argumentos hasta agotarlos. Alguien podría decir irónicamente: agotar el argumento o al interlocutor.
Lo primero vale pero lo segundo es falso. Ricardo sabe dejar abierta la posibilidad de seguir analizando un problema y demostrar la coherencia de la propia posición. Ello merece ser subrayado.
La vida es una experiencia siempre personal e irrepetible que procuramos orientar dentro del marco de nuestras posibilidades y preferencias. A veces logramos hacerlo (como resultado de una actuación voluntaria o de aquello que solemos llamar la “buena suerte”). En mi caso particular – y estoy seguro que a no pocos le ha sucedido algo parecido – he tenido la buena suerte de conocer a Ricardo, de compartir con él no pocos hechos de mi vida personal y de ser testigo de la constante buena disposición que es necesaria para no ceder ante la presión de las falsas concesiones y saber asumir el destino que en parte nos es impuesto y en parte somos sus hacedores.
Y está también aquello la otra parte, aquella en la que prima lo afectivo y no existe la palabra “sacrificio” porque lo que se hace es también lo moralmente debido a las personas que especialmente queremos. No podemos olvidar al Ricardo “pater de familia”, preocupado constante y eficazmente por el destino de los suyos. Ello forma parte de su ambito “sagrado”; los de afuera nos limitamos a observarlo como el buen ejemplo cuyo seguimiento forma parte de una vida honesta.
 
Hubiera querido estar presente en el acto de homenaje a Ricardo Caracciolo pero la distancia crea a veces obstáculos insuperables. Este es mi caso. Por ello, desde Bonn y a traves de mi querida Cristina, van para él mis mejores deseos de una estupenda vida en los años que vienen y mi agradecimiento por la práctica constante de una amistad que me enriquece y el ejemplo de una conducta humana y moralmente debida. Ya vendrán otros dias de diálogo directo. Mientras tanto, valga el saber que la amistad es inmune a la distancia y sale reforzada en cada encuentro que nos da la vida. Y por ello, vale también ahora la metáfora del abrazo estrecho que no se da físicamente sino que se lo concibe en la intención afectiva que la ausencia no reduce.
Desde Bonn, por ello, levanto mi copa en honor del gran amigo y maestro ejemplar:
Ricardo Caracciolo.
Ernesto Garzón Valdés